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A propósito de la envidia, dice Miguel de Cervantes que, de los dos tipos que existen, él no conoce sino “a la santa, a la noble y bienintencionada”. Es decir, aclara uno de sus anotadores, Cervantes habla de la envidia sana, la “envidia de la buena”, aquella que promueve la emulación y la superación personal. Ésta es para mí la mejor de las envidias, esa que nace de la admiración, cuando observamos a alguien exitoso y nos decimos: “Me gustaría estar en su papel”, pero uno no desea que le vaya mal al otro para que a uno le vaya bien, sino que lo tomamos como un modelo a seguir. Es cuando esa envidia, que aquí llamo buena, se convierte en admiración… Mas uno suele admirar lo que está lejos; y la envidia, cabe aclarar, se da con lo cercano. Sería una locura envidiar a Gandhi, por ejemplo, o a Dios: a ellos se les admira. La envidia, en sus dos formas, se da al nivel del piso, entre iguales. Ocurre en las oficinas: uno que tiene más preparación que otro y se encuentra en un puesto inferior, se pregunta: “¿Por qué a éste le va mejor que a mí si yo sé más que él?”, aunque sean muchos los factores que determinen la suerte o el destino de cada quien: conocimientos o formación personal, sí, pero también estar en el lugar indicado en el momento adecuado o saber tomar las oportunidades que se presentan. En política se da muy poco de la envidia buena. Por desgracia, prospera la otra, la mala: en este medio el canibalismo es atroz. En México, acaso por la descomposición que hay en el tejido político, sucede que -como dice el dicho- los amigos son de mentiras y los enemigos de a deveras. Me gustaría tener una percepción positiva de mi entorno, pero no la encuentro. Si el tema me ha intrigado es porque advierto que muchas situaciones a mi alrededor son movidas por la envidia, y que en este contexto es difícil avanzar hacia cosas positivas que tanto podrían remediar. Por envidia unos detienen y paralizan a otros, y buscan lastimar al rival político, digamos, para frenarlo. Podemos acudir a otro dicho: “Le quieren cortar los pies en vez de pararse de puntas”. Hay una tendencia a que por envidia el país se paralice, y esto provoca que haya tanta gente en pobreza extrema o desempleada, o personas que podrían hacer crecer sus negocios pero no les es permitido… Por eso el tema de la envidia es para mí muy importante. Claro está que uno percibe cuando es malamente envidiado. Yo me muevo en varios ámbitos, y pasa a veces que compañeros políticos me critican como boxeador; o, a la inversa, sucede que gente del boxeo me juzga como legislador, sin estar enterados de lo que hago. Pongo este ejemplo: de los quinientos, soy el diputado que más iniciativas ha presentado, y quien tiene más aprobadas. Y eso es algo que con frecuencia no se dice. Prefieren hablar de mí en el aspecto social (romances, apariciones en la vida pública) que con respecto a lo que hago, en mi modesta medida, por el país. Se pensará que es un riesgo de la fama, porque ésta provoca fuertes envidias. En el ambiente pugilístico siento un buen trato, una buen aceptación: es en donde menos envidias he percibido; son diferentes circunstancias las de cada boxeador, distintos los pesos en que cada uno combate… En la Cámara, en cambio, somos quinientos diputados en situaciones similares: si destacas un poco, te quieren ahorcar. Pero esto es sólo un reflejo de lo que está sucediendo en el país. Revisé alguna vez una encuesta en donde se determinaba que una de las causas principales del subdesarrollo era la envidia. Habría que pensar en ello. Más adelante intentaré revisar esta suposición. En el caleidoscopio social he encontrado de todo, pero lo más frecuente es hallar gente con mucho dinero que se muere de envidia, y personas de escasos recursos que son generosísimas. No siento, en este caso, que envidiar o no, o tener hacia alguien envidia buena o mala, sea cuestión de dinero. Es otra cosa, es algo más. Pero, ¿qué es, de dónde proviene este mal? Recuerdo, a propósito, un viejo chiste. Hay tres frascos con langostas: uno con langostas chinas, otro con langostas estadunidenses y el último con langostas mexicanas. Este último está abierto. Alguien pregunta: “¿Por qué éste permanece abierto? ¿No hay posibilidad de que se escapen?”. Y el que las cuida responde: “No, porque la que está abajo jala a la de arriba y no la deja salir”. Habría que revisar en dónde andamos. Si no hacemos un examen de lo que somos, el país no saldrá adelante. Debemos entender que la competencia sana se está dando en lo comercial con el resto del mundo vía la globalización, y que si en lo interno seguimos truncándonos los caminos unos a los otros, seguiremos rezagados. En lugar de resolver el asunto del desempleo, estamos pensando en cómo meter el pie a un político para que no le resulten bien sus cosas, y entonces exclamar que no es tan bueno. La transición a la democracia es una oportunidad para ser diferentes, si se llega a un real equilibrio de partidos y aquí también a una competencia sana… Pero no estamos yendo por ahí. En el Congreso, todos están convencidos de que deben llevarse a cabo las grandes reformas que necesita el país, pero ellas no prosperan para que ninguno de los partidos se cuelgue la medalla. Uno de los propósitos de las páginas que siguen es buscar el modo en que esas malas envidias, que tanto daño nos causan, se vuelvan buenas: trocar lo negativo en positivo. El último capítulo está dedicado a eso. Mucha de la energía se gasta en bloquear al otro en lugar de avanzar juntos. Y al envidiado le sucede que mucho del tiempo que podría estar utilizando en ser productivo se le va en defenderse. El que envidia se devalúa, incluso se desprecia: cree estar más mal de lo que quizá esté en realidad, y esto se debe a que compara, y en la comparación sale perdiendo. Probablemente sea mejor que aquel a quien envidia, pero su autoestima está tan dañada que no se da cuenta y cada vez se va devaluando más ante sí mismo y ante el mundo. A un político le celebraban con malicia: “Oiga, ¡qué suerte ha tenido!”. Y él respondía: “Claro, y entre más trabajo y lucho, más suerte tengo”. Ahí está el detalle (diría Cantinflas): entre más se esfuerza uno para cumplir sus metas, más posibilidades de éxito tiene. La suerte influye, sí, pero no se trata sólo de suerte. También la suerte la vamos labrando. Cervantes dice que de las dos envidias existentes, él sólo conoce “a la santa, a la noble y bien intencionada”. Pero, ¿por qué no la llama simplemente “admiración”, en lugar de “envidia santa”? Acaso Cervantes implica que no toda admiración nace de la envidia (ni siquiera de la “noble”), pero sí parece admitir que la envidia es inevitable, y que lo único que puede hacerse es mitigarla por medio de la humildad y nobleza. Este libro trata de esas y otras cuestiones en torno a la terrible enfermedad de la envidia, que es sin duda una tragedia porque tiende a la destrucción y a la inmovilidad. Para saber del mal, hay que ir a las raíces, en sus muy diversas manifestaciones (…) Ojalá quien me lee quiera internarse conmigo en este panorama. Un ensayo exhaustivo sobre un vicio que corroe “El odio es activo y la envidia un desagrado pasivo. No hay más que un paso del la envidia al odio”, dice el poeta alemán Goethe en una estupenda reflexión sobre este mal que Jorge Kahwagi Macari recoge en su libro La tragedia de la envidia (Editorial Aguilar); y con ser sólo un ejemplo muestra de lo mucho que la envidia ha incidido en la literatura, en la política, en todos lados. Esta obsesión no es gratuita ni banal, sino que es algo que preocupa hasta el punto de provocar conductas extrañas: por ejemplo, en las consultas a hechiceros, chamanes, brujos, nagüales, etc., la gente -de todas las clases y de todas los niveles educativos– pide “le quiten las envidias”. Este tema es abordado por Jorge Kahwagi Macari, quien realiza un periplo interesante y exhaustivo en torno a este término. Recorre en 237 páginas a docenas de pensadores de gran valía que se agrupan hacia el final en unas 15 páginas. Están ahí Cervantes, Dante Alighieri, Goethe, Aristóteles, Bacon, Cicerón, Erasmo, Freud, Kant, Maquiavelo, Nietzsche, Platón, Tomás de Aquino, José Ingenieros, Fernando Savater, entre otros grandes envidiados. Es un mosaico de pensadores de todas las tendencias con los cuales Kahwagi Macari levanta un mural de conceptos en torno a la envidia. Con un estilo ameno, sin acartonamientos, sencillo en el manejo del lenguaje, pero sin perder por esto precisión en lo que se expone, el libro va desarrollando su objeto de estudio, lo desmenuza. ¿Y si la envidia fuera tiña? Dice el refrán mexicano y en él mismo se adjunta la respuesta: “¡Cuántos andarían tiñosos!” Y de verdad, si la envidia se notara, se verían sus marcas en la piel. En fin, que Kahwagi Macari le ha dado en el clavo. Tal vez porque en los dos campos donde él se mueve, en el artístico y en el de la política, las envidias están gruesas y espesas. De las definiciones más agudas respecto de la envidia, hay una de Freud que es especialmente valiosa: la envidia es el odio que se tiene uno mismo por alguna debilidad o carencia, pero que se proyecta hacia el otro al que se achaca ser el causante del mal propio. En este sentido, dice el autor, la envidia se da con lo cercano, entre los iguales, porque “sería una locura envidiar a Gandhi, por ejemplo, o a Dios: a ellos se les admira”. Pero la envidia tiene otra cara, otro ángulo que resulta novedoso y que apunta el diputado: como causante o como factor del subdesarrollo. Habrá que ponerle atención en el Congreso. En fin, que La tragedia de la envidia hay que leerlo con un espíritu positivo, con buen talante, pensando que, como rezaba un anuncio espectacular de conocida tienda de ropa: “la única envidia que soporto, es la que yo causo”. [ Ricardo Pacheco Colín ]